Vivir juntos no tiene por qué significar vivir encima. Este proyecto nace de una forma muy concreta de habitar: tres familias, tres ritmos, tres maneras de estar, y una casa capaz de dar respuesta a todas sin perder unidad.
La geometría en Y no es un gesto formal: es una consecuencia directa de la convivencia. En el punto de encuentro, la vivienda concentra su parte más compartida, el lugar donde la casa se siente una sola. Desde ahí, cada brazo se independiza y construye privacidad, distancia y silencio cuando se necesita.
El ala orientada al sur se proyecta para aprovechar las mejores condiciones de asoleo: luz constante, calidez en invierno y una relación directa con el exterior cotidiano. Es la pieza que ordena el día a día y convierte el sol en confort.
Las dos puntas de la Y, en cambio, se giran hacia el norte y se abren con intención: no buscan sol, buscan paisaje. Dos direcciones que se estiran para mirar a lo lejos, encuadrando unas vistas privilegiadas hacia el Carrascal de la Fuente Roja. La casa no solo se orienta: elige qué ver, y lo convierte en parte de la experiencia interior.
El resultado es una vivienda que equilibra convivencia y autonomía, con una relación clara entre orientación, vistas y forma. Una casa que se adapta a quienes la habitan, y no al revés.